viernes, 28 de octubre de 2011

POETA DEL ALBA



“Hasta entonces nunca me habían aterrado
de esta forma los aeropuertos.
Lléname de abrazos, lléname de besos,
creo que anunciaron tu vuelo.
Y entre lágrimas tu figura es devorada por la gente,
y una fiera maloliente clava en mi alma sus afilados dientes”
Ismael Serrano
“En este búnker nadie se protege de algún bombardeo cuyo fragor no alcanza a rebasar paredes metálicas y blindadas. Y es cierto que la luz del Sol parece haberse extinguido bajo las titilantes y cándidas luces de los fluorescentes en su interior, aunque no haya habido guerra que se haya adelantado a las arrugas del tiempo y la huella impregnada de memorias y café de los papeles olvidados. Algunas veces, tras las ventanas cerradas, no transita otra cosa que un murmullo de voces lejanas y cansadas. Sin embargo, hay algunas cosas que perturban el silencio y la semioscuridad aquí: el eco de las preguntas, en ocasiones demasiado resonador y estridente, y el susurro continuado de las lecciones. Algo triste es el aula 0.11”

Con estas palabras describiste el aula en que recibimos nuestra primera clase como alumnos de periodismo. Tengo en mi memoria el recuerdo imborrable de tu rostro persiguiendo con la mirada aquellas palabras que escapaban de tus labios con un descarado acento canario. En ese momento descubrí que eras poeta.

Te conocí una tarde de septiembre en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Murcia: Mi vida se había tomado un descanso por aquel entonces. Estaba sentada en un banco con los que más tarde serían nuestros compañeros de clase, cuando apareciste con aquellos pantalones largos de color caqui,  tu seseo, tu pelo sefardí, tus argumentos antitaurinos y una desgastada carpeta bajo el brazo. Llegaste y trajiste contigo la cohesión y  el diálogo a un grupo de desconocidos. Nada me hizo pensar en ese momento que llegarías a ser tan importante en mi vida.

Escribía el inolvidable Ernesto Sábato en `El túnel´ que “existen en la sociedad estratos horizontales, formados por las personas de gustos semejantes, y en estos estratos los encuentros casuales no son raros, sobre todo cuando la causa de la estratificación es alguna característica de minorías”. Podríamos acusar a Silvio Rodríguez, a Ismael Serrano, Miguel Hernández o a cualquier otro de nuestra amistad, pero tú y yo sabemos que lo cierto es que el periodismo y la crisis lograron que nos conociéramos. “Somos la generación pre-parada”, solías decir riendo mientras abrías el `táper´ al pie de un árbol.

Nadie que te conozca bien puede dudar de que ese momento conformara uno de los más placenteros del día para ti. Lo tuyo no era comer, lo tuyo era devorar y saciar tu necesidad de socialización ornamentando el aire con palabras desconocidas venidas del otro lado del océano. ¡Qué animal tan extraño eras en el hábitat del terreno edificable!

Ahora sé que te marchas, que te alejas de aquí, que quizá nunca volvamos a encontrarnos, que saldrás de mi vida para siempre, y el paro, la crisis, la ausencia de sueños y futuro en este país pasan a ser problemas secundarios en mi cabeza, porque tú, poeta del alba, amigo, partes a encontrarte con un futuro que te espera impaciente. Te separas de este rincón del mundo que un día nos unió, y resulta inevitable derramar alguna lágrima que nace de eso que se denomina comúnmente como nostalgia.

Es extraña esta sensación de soledad que dejas. Sin ti la facultad se parecerá a un parque del extrarradio de la ciudad a las siete de la tarde en el mes de noviembre, repleto de árboles desnudos y de bancos vacíos. La cantina seguirá estando en el mismo lugar en el que la dejaste, pero ya no será la misma, sino otra que espera impaciente tu regreso. Incluso la cerveza sabrá diferente, perderá ese sabor característico de invierno frío, estudiantil y bohemio.

Te marchas y dejas el silencio; te llevas contigo las palabras, los recuerdos de la huerta y la certeza de saber que por fin tus sueños se hacen realidad. La vieja Europa te espera, y acudes confiado en que reparará en ti y te extrañará cuando la dejes para volver a casa de visita. Mira si eres un espécimen raro que eres un isleño que no soporta vivir en una isla. ¡Qué cosa tan extraña! Será por eso que, como canta Ismael, “tengo tanto miedo de que olvides el camino de regreso”.



Toñi Hurtado

sábado, 6 de agosto de 2011

“HIJO DE BUKOWSKI”


       
                                        
A Lianiaski

No existe palabra escrita que el carbón de tu pupila se niegue a examinar, ni papel que  se mantenga inmaculado cerca de tu mano derecha, esa que escribe sin tregua los dictados de tu imaginación. Es la misma mano que sostiene la jarra de cerveza mientras ríes y militas en la amistad, la misma que acaricia el ratón del ordenador durante horas convirtiendo todo lo demás en invisible para ti.  

Si alguien quisiera asesinarte no tendría más que despojarte de los libros, que logran que olvides la existencia de relojes y horarios. Aunque también podrían acabar contigo arrebatando tu música, la que camina junto a ti mientras te diriges hacía la parada del bus que te lleva a la facultad, la que te acompaña mientras deambulas por esta ciudad sin olor a salitre, sin puerto. Murcia te acoge enojada, con su calor asfixiante, sus atascos y semáforos, sus jueves y sus bares, templos sagrados para borrachos y bohemios en los que te refugias del mundo cuando el bolsillo lo permite.

Perteneces a esa, nuestra generación, la de los Indignados, y protestas como mejor sabes: Permitiendo a la sonrisa desahuciada por otros alojarse en tu rostro barbilampiño, ese que te hace parecer todavía un adolescente.

Es extraño, eres como un niño que no puede evitar que el atardecer conspire contra él cerrando poco a poco sus párpados. Temes al frío, a la soledad de la noche. Será por esa razón por la que duermes siempre bajo la colcha y abrazado a la almohada, incluso en verano. Sólo dejas a la intemperie tu cara, arropada por tu pelo negro, tu piercing y tus lunares, que custodian el ébano de tus ojos con la esperanza de que algún día puedan asomarse a ellos para vislumbrar otras realidades.

San Antonio andaba de fiesta cuando llegaste a este mundo. Será por eso que desde entonces vives con la máxima intensidad cada uno de los segundos de tu existencia, devolviendo a la palabra vida el sentido que nunca debieron arrebatarle.   

Eres único y especial. Rompedor de maleficios, ahuyentador de tristezas. Eres la luz en la sombra, la bandera blanca en mitad de la trinchera, la lucidez en la palabra, el abrazo en la amistad, la cerveza en el parque, el ratón en la biblioteca, la conversación al pie de la barra, el grito en la noche. Existen infinitas maneras de definirte, hijo de Bukowski, pero muchas más de quererte.

Toñi Hurtado

sábado, 30 de julio de 2011

"El Rompeolas"

Desde hoy volveré a prender la luz al Faro, ese que habita mi cabeza y del que nacen sueños y utopías. Lo extrañaba. Pasé unos diez años siendo fiel a mi cita con él. Me esperaba todos los viernes, a eso de las ocho de la tarde, en el mismo lugar de siempre.

Daba igual que hiciera frío o lloviera en las crudas noches invernales, o que los rayos de sol convirtieran en invisible su luz a los ojos de la gente mundana. Yo siempre estaba ahí, dispuesta a prender su hermosa y centelleante luz.

Casi siempre me acompañaban amigos fareros que tomaban la costumbre de acercarse por allí en el momento acordado. Las noches eran menos solitarias e indiferentes cuando me aproximaba a la vieja estantería y desempolvaba aquellos libros. Los versos, plagados de eternidad, ahuyentaban al tiempo y sus horas. Ya no existía el transcurrir de los minutos, sino la constante sucesión de instantes, todos irrepetibles y eternos.

Nos sentíamos diferentes en aquél lugar, teníamos la extraña sensación de que los sentidos volvían a recobrar la vida que algo o alguien, o quizá simplemente la vorágine diaria, parecía haberles arrebatado. Lo que para el resto de gente eran nimiedades, para los habitantes del Faro era misterio y belleza.

Existía un sonido perenne que nos invitaba a regresar sobre nuestros pasos cuando nos alejábamos de él. Aquél silbido del viento, junto al rugir de las olas, traía consigo cantos de sirena. El sonido venía hasta nosotros en forma de arpegios de trovadores que cautivaban a náufragos perdidos en la oscuridad de la noche. Aquél haz de luz, que alumbraba otros mundos posibles, les señalaba el camino de regreso.

Fareros y náufragos acostumbraban a trasnochar y emborracharse de sueños y vida en aquel rincón de nuestra cabeza al que considerábamos ya como nuestra patria.

Pero hay quien no entiende de sueños y no sabe que no existen medidas cautelares para hacerlos desvanecer. El Faro nació en Radio Cieza con la ambición de denunciar injusticias, iluminar otras realidades, otear belleza y compartir melodías. Da igual que pongan grilletes en sus puertas, porque ninguno de ellos es capaz de encarcelar la ilusión.

Este Faro que hoy comienza a iluminarte se alza sobre cimientos firmes que las mareas del tiempo no doblegarán.

¿Me acompañas?



Toñi Hurtado